SEMANA SANTA EN SALAMANCA

Las ceremonias de Semana Santa de antaño tenían un carácter patético. Aspados, penitentes, disciplinantes o cucuruchos competían en esos días por mostrar su religiosidad cargada de dramatismo. Algunos se azotaban públicamente, otros clamaban al cielo y pedían perdón por sus pecados.  

Antiguos cronistas coloniales describieron que el Jueves Santo se realizaban las procesiones de sangre. Los silicios y golpes abrían las carnes de los disciplinantes que participaban en la magna procesión de la Vera Cruz, que se efectuaba al anochecer de ese día.

            El barroquismo imperante se fue apagando por disposición de la autoridad. El gobernador Ambrosio O'Higgins, el 10 de agosto de 1788, prohibió que penitentes y aspados salieran a la calle y fueron relegados a los claustros de la Recoleta Franciscana, en La Chimba santiaguina, los días de Semana Santa. Así, estas manifestaciones de piedad, poco a poco, se fueron extinguiendo y terminaron por desaparecer.

Sin embargo, el fenómeno ha subsistido en Salamanca un rincón del Norte Chico, situado en un fértil valle al interior de Los Vilos, en la provincia de Choapa. Allí sus pobladores viven de la agricultura y la minería. Entre ellos abundan las historias de brujas, -incluso se dice hay una cueva que las cobija-, los pactos con el diablo y las leyendas de entierros de oro. El nombre del poblado recuerda el nombre de Matilde de Salamanca, dueña de la hacienda donde está emplazado. Fue fundado en 1844. 

Esta fiesta tiene su origen en España en tiempos de la Contrarreforma. De Sevilla cruzó el Atlántico y se enraizó en América latina. Aún cuando Salamanca es un poblado relativamente reciente en el tiempo es un misterio cuando se iniciaron las ceremonias de Semana Santa. Todo indicaría que sus comienzos fueron en los primeros años del siglo pasado.

La celebración allí se inicia el Domingo de Ramos. En esta fecha se efectúa una procesión absolutamente insólita. Un joven que representa a Jesús, montado en un burro, recibe los saludos de los asistentes que portan ramos y palmas. El Lunes Santo se realiza un acto penitencial.

Al día siguiente, se hace un místico Vía Crucis por las calles. El Jueves Santo se recuerda la Última Cena, con el lavado de pies. Tras la ceremonia, en el Estadio Municipal, se teatraliza la pasión del Salvador, con unos 50 actores aficionados. En las calles del pueblo se instala una feria con centenares de puestos. Estos eventos atraen a pobladores de los sectores aledaños al pueblo y es motivo para que retornen a su tierra natal quienes han salido en busca de un mejor destino. 

Al atardecer del Viernes Santo, nada parece indicar que pronto se iniciará la lúgubre ceremonia del descendimiento, que conmemora la muerte del Redentor. A las ocho y media de la tarde se inicia la ceremonia. El templo está atiborrado de fieles que denotan su origen campesino y minero. En un momento, ingresa una veintena de “cucuruchos” revestidos con trajes talares negros y un remedo de lanza en la mano. En torno al altar, escuchan las palabras del sacerdote.

Así comienza el ritual en que los “cucuruchos” desclavan de la cruz el articulado cuerpo que representa al Nazareno. Luego lo depositan en un anda cubierta con un paño rojo. Otrora existía una urna de cristal que se quemó hace más de una década, junto a las imágenes de algunos de los personajes que estuvieron en la Pasión.   

            Tras la ceremonia del descendimiento se inicia la procesión. Unos personajes denominados los “bienaventurados”, quienes portan un estandarte con una inscripción de cada bienaventuranza, encabezan la lenta marcha, sucesivamente van repitiendo las palabras pronunciadas por Jesús en el Sermón de la Montaña: “Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los cielos; “Bienaventurados los mansos porque ellos poseerán la tierra”; “Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios”... Son una especie en extinción, cada vez hay menos voluntarios para esta práctica única en la religiosidad popular chilena.

Ha oscurecido, la procesión enfila por las calles del pueblo hacia el oriente. La luna ha asomado tras la montaña y parece acompañar la romería. Un grupo de devotos traslada el anda con el cuerpo de Cristo. Un “cucurucho” carga sobre sus hombros una cruz, los otros avanzan llevando sus lanzas en las manos. Unos dos mil fieles caminan con velas encendidas y entre cánticos, como “Perdón oh Dios mío, perdón e indulgencia, perdón y clemencia, perdón y piedad”, se escucha el tétrico sonidos de un par de matracas.

Al llegar al cerro Héroes de la Concepción, más conocido como cerro Chico, depositan la imagen y entre cánticos y oraciones, se dirigen a la iglesia parroquial. Allí, escuchan el Sermón de la Soledad, dirigido a la Virgen, para acompañarla en su dolor. Al concluir, nuevamente salen en romería, con la imagen de Nuestra Señora de los Dolores, ahora a buscar el cuerpo de Jesús que retornará al templo. Entre idas y venidas, el rito dura unas tres horas.

Cuando ingresa la procesión al templo se instala la imagen del Crucificado para que los devotos la besen. Ha concluido la labor de “cucuruchos” y “bienaventurados”, personajes únicos en la actual religiosidad popular del país.

Un Viernes Santo, en los inicios de la década de los años ’70, a los militantes de un partido político se les ocurrió efectuar una fiesta en la plaza frente a la iglesia, a la misma hora de la procesión. Terminada ésta el párroco, un fraile franciscano belga, cruzó con crucifijo hasta el lugar de la velada y compró dos entradas, para él y la imagen. Se sentó junto al Nazareno ante quienes bailaban. Los asistentes, poco a poco, se fueron retirando y la fiesta inesperadamente llegó a su fin.

Pero, el dolor por la muerte del Salvador dura poco. Al día siguiente, un rodeo ayuda a olvidar la pena. No faltan las carreras a la chilena y los grandes bailables. El jolgorio y el alcohol se apoderan de sus calles, que el día anterior vieron pasar el cuerpo inerte del Nazareno.  Quienes llegaron hasta Salamanca se alejan con nostalgia.

Así, por unas horas, un rincón de la Región de Coquimbo se convirtió en un auténtico pueblo andaluz.

 

Juan Guillermo Prado O. (Historiador)

 

 

Santiago, 21 de febrero de 2011